Les pido disculpen mi ausencia, estuve por morir en estos días, pero aquí me tienen aún. Aunque no quieran, aunque no me quieran, aunque prefieran que me halla ido a los abismos tranquilos de donde no sé volver.
Todo este tiempo busqué algo que decir cuando volviera, sabía que el retorno era tan lejano como el fin o un poco más a la izquierda, pero no sabía donde estaba, qué se podría esperar de esta jornada. Las bocanadas de aire entraban a montones y salían sin saber el porqué de esos trajines. Nadie les invitaba a quedarse y recorrer paisajes de hemoglobina, torbellinos de sangre, profundidades orgánicas. Todo era entrar y salir sin causar placer, calma o alegría. Todo es en vano si no hay amor. Todo es en vano si las barreras están cerradas, si los alvéolos se desentienden de su función, si los pulmones se hinchan para nada.
No sé qué respiré entonces. Talvez la llama no flameara, estática, benevolente, apenas acalorando un atisbo de pasión desenfrenada antes, y ahora opacada por la inactividad. Talvez sí estuviera muerto después de todo. Esperando que mi alma, esa tonta entidad de tan sólo 21 gramos de peso, se dignara a salir de su escondite para saberse atrapada fuera de mi cuerpo, lejana para siempre.
Tuve curiosidad, no lo duden. Quise saber que iba a ser de mí si me internaba en esa fiebre, si arriesgaba mi aire por bucear hacia una salida. Pero no fue cobardía, no fue cordura tampoco (que en cierto modo es sinónimo de cobardía) fue que pensé que podía esperar aún más, que podría en mi condición de esclavo mantener mi dignidad y lograr la independencia pasado el tiempo propicio, en vez de arremeter con la furia de un tornado contra esos aniquiladores de vientos. Soporté. Arriesgué el pellejo por no atacar al sojuzgamiento.
De la experiencia se aprende o se enloquece. Siempre supe que dominarse a uno mismo era difícil. Me contuve hasta lograr canalizar los esfuerzos, esperar hasta saber el punto débil de mi opresor. Ese que tal vez no existiese o nunca pudiera ser hallado. Por fin llegó el diagnóstico, inseguro, azaroso, desesperanzado, tal vez falso. No dudé ni por un instante que el camino era largo y la salida lejana, pero aún cuando sabía que no podría recorrer tanto trayecto, lo hice. Detenerse en medio del camino hubiera sido aceptar la indignidad, la equivocación, el temor intrínseco de mis actos, además de la muerte.