Tuesday, May 15, 2007

¿vale la pena morir callado?

Pese a estar acompañado y sentir la tensión de que alguien en la lejanía está pendiente de mí, siento una profunda soledad. No siento ganas de hablar, duele mi muda garganta y duele más al emitir palabra. Hace tiempo siento ganas de cantar como hace tiempo, y callo conciente de que mi voz será horrenda y dolorosa. En estas circunstancias comprendo que la soledad no viene con la distancia. La imposibilidad de concretar el anhelo se ciñe sobre mí cual cruel tristeza y quebranta mi espíritu hasta obligarme a escribir. Empañado de pesar solicito con señas un espacio, y dispuesto el cubículo del que florecerán futuras letras exijo la soledad. Me dejan, mas no abandonado a mi libre albedrío, sino bajo la periódica observación de mis actos, necesidades y deseos. Así me siento mejor, no tan solo como quisiera, pero lo más cómodo posible acatando mi fatal estado de debilidad. Ojalá una caricia me aliviara sin provocar instantáneamente el riesgo de compartir mi situación a quien se apiadare de mí. No duraré mucho, lo sé, terminará este tormento de tedio sin fin, es sólo la sensación de eternidad lo que me exaspera, lo incierto del final, el cuando y el como, la imposibilidad de saber si existirá un mañana o un pasado mañana, y la certeza de un pasado finito, inacorde, concreto, que me molesta más al no saber si tendré la oportunidad de coronarlo con un giro brusco, o será esta una pausa sin retorno...