Ella en mi soledad
Mi rostro se iluminó con esa alegría triste que sentí al verla. Me salió con melodía el – ¿Hola, cómo andas?
No sé como prosiguió la conversación, me pedí observando su rostro. No presté atención hasta que finalizó preguntando
- ¿Por qué estás acá tan solo?
- Me gusta estar solo cuando estoy triste. – contesté.
Esta vez alargando la “é” preguntó como una niña: - ¿Y por qué estás triste?
Comencé a explicar entonces, con aire taciturno, que la única fórmula conocida para hallar la felicidad consistía en encontrarme en el lugar y la hora exactos donde estallara la alegría. Describí después el cosmos como un sitio oscuro en el que podían verse estrellas de áurea violácea, que eran las chispas de la magia. Le aclaré que se llaman chispas aunque son luces que pueden permanecer encendidas mucho tiempo.
Mis palabras captaron su atención, pero supe que no comprendía, que nunca había podido verlo así. De no haber estado ya sumido en la tristeza, su incomprensión me habría entristecido.
Seguí pues explicando lo importante de la puntualidad y la exactitud del lugar. Dije entonces que desde la última vez que nos vimos todo había cambiado, que la última oportunidad de ser feliz que había tenido la desperdicié por pensar demasiado, que había sido ya hace tiempo y que desde entonces el mundo giraba más aprisa y los lugares dejaban de existir cuando me acercaba y todo parecía un gran complot. Fuerzas extrañas se ocupaban de vigilarme y cambiar las piezas de lugar en un gran tablero que antes me sabía de memoria y en el que me movía entonces como si lo viera en su totalidad desde una perspectiva aérea.
Ahora, en cambio, todo era incertidumbre; hasta que tuve la certeza de que nunca volvería a sentirme dichoso.
Entonces hice los arreglos pertinentes. Me despedí de amigos y toda persona que pudiera querer verme en lo sucesivo. Inventé una fabulación para quienes necesitaran saber que yo tendría un porvenir y me retiré finalmente al rincón salado y áspero que abrigó mi juventud. En esos años, por supuesto, estaba poblado por mis seres queridos y de hecho vivíamos tan amontonados que era imposible un segundo de quietud. Desde hace un tiempo este lugar es un oasis de soledad. Nadie viene por aquí y ella ha sido sólo una aparición, un espejismo fabricado por mi mente con tanta perfección que ha engañado mis ojos y oídos, pero no es tan fácil engañar a mi corazón. Estoy seguro que nuestro encuentro no fue real porque, de haberla tenido conmigo, nada en el mundo hubiera podido evitar mi felicidad.
No sé como prosiguió la conversación, me pedí observando su rostro. No presté atención hasta que finalizó preguntando
- ¿Por qué estás acá tan solo?
- Me gusta estar solo cuando estoy triste. – contesté.
Esta vez alargando la “é” preguntó como una niña: - ¿Y por qué estás triste?
Comencé a explicar entonces, con aire taciturno, que la única fórmula conocida para hallar la felicidad consistía en encontrarme en el lugar y la hora exactos donde estallara la alegría. Describí después el cosmos como un sitio oscuro en el que podían verse estrellas de áurea violácea, que eran las chispas de la magia. Le aclaré que se llaman chispas aunque son luces que pueden permanecer encendidas mucho tiempo.
Mis palabras captaron su atención, pero supe que no comprendía, que nunca había podido verlo así. De no haber estado ya sumido en la tristeza, su incomprensión me habría entristecido.
Seguí pues explicando lo importante de la puntualidad y la exactitud del lugar. Dije entonces que desde la última vez que nos vimos todo había cambiado, que la última oportunidad de ser feliz que había tenido la desperdicié por pensar demasiado, que había sido ya hace tiempo y que desde entonces el mundo giraba más aprisa y los lugares dejaban de existir cuando me acercaba y todo parecía un gran complot. Fuerzas extrañas se ocupaban de vigilarme y cambiar las piezas de lugar en un gran tablero que antes me sabía de memoria y en el que me movía entonces como si lo viera en su totalidad desde una perspectiva aérea.
Ahora, en cambio, todo era incertidumbre; hasta que tuve la certeza de que nunca volvería a sentirme dichoso.
Entonces hice los arreglos pertinentes. Me despedí de amigos y toda persona que pudiera querer verme en lo sucesivo. Inventé una fabulación para quienes necesitaran saber que yo tendría un porvenir y me retiré finalmente al rincón salado y áspero que abrigó mi juventud. En esos años, por supuesto, estaba poblado por mis seres queridos y de hecho vivíamos tan amontonados que era imposible un segundo de quietud. Desde hace un tiempo este lugar es un oasis de soledad. Nadie viene por aquí y ella ha sido sólo una aparición, un espejismo fabricado por mi mente con tanta perfección que ha engañado mis ojos y oídos, pero no es tan fácil engañar a mi corazón. Estoy seguro que nuestro encuentro no fue real porque, de haberla tenido conmigo, nada en el mundo hubiera podido evitar mi felicidad.
