Monday, June 05, 2006

El gordo se tiró

El gordo se tiró por el acantilado: ambos corrimos hacia el borde. Yo me detuve a medio metro de que acabara la planicie. Él se tiró al tiempo que exclamaba un grito, como diciendo: “di un paso de más, que boludo” y a la vez se notó un dejo de terror, como profetizando el dolor de las piedras en sus costillas y los filos desgarrando sus carnes grasosas. (N. del Censor: exposición del proceso de carnificación del cuerpo, faena y expendio)
“¿De acá llegamos no?” me dice. “Sí gordo”,le digo, “tomemos carrera dale”. Lo dije irónicamente, sin el menor disimulo. Y con una mirada cómplice el gordo retrocedió. Yo también. Ambos corrimos, yo paré y el siguió.
No creo que quisiera terminar así. Esto me hace acordar al caso de las dos pibas que se tiran del taxi en movimiento, pensando que así se salvaban de chocar. El taxista sufre de epilepsia y se convulsiona. Su pierna se tiesa, como el resto del cuerpo, por los espasmos, y el auto acelera zigzagueante. Las pibas se tiran del taxi y la primera muere instantáneamente al golpear el suelo con la cabeza. La segunda, viendo a su compañera rodar inconsciente, decide suicidarse también. Pensando que correrá mejor suerte que el taxista. Ella termina en coma. El taxista despierta en la banquina varios Km más adelante. Intacto. El auto tiene algunas marcas, nada serio. No recuerda nada de lo ocurrido horas antes, cuando transportaba dos pasajeras que ya se han bajado del taxi.
No puedo más que imaginar un par de pendejas histéricas que desconocen las leyes físicas. Que viven en la luna. Donde seguramente se hubieran salvado por la menor gravedad. Se asustan, gritan como una jauría de loros bahienses: “-¡¡Pare señor que hace!! -¡¡No te escucha boluda, está loco!! -¡¡Va a chocar!!. -Tirémonos antes. -¡¡Estás loca!! -¡¡Si no nos tiramos nos matamos!! ...” Y se tiran, y se matan. Pero claro, hay que buscar un culpable: así que enjuician al taxista por privación ilegítima de la libertad, homicidio y tentativa de homicidio. Y si no sobrevive o no sale jamás de coma la segunda adolescente en tirarse, o no recuerda lo ocurrido, o no se le toma declaración, el tipo se liga unos añitos a la sombra gratis.
Yo no tengo que ver directamente en la muerte del gordo. No era mi amigo, no nos llevábamos muy bien, pero no importa, el hecho es que fui testigo de su suicidio y me acusan de haberlo tirado. Pesaba sus kilitos el gordo. De haber peleado en el acantilado hubiera terminado yo entre las piedras. No tiene sentido la acusación. Sólo quieren un chivo, quieren un chivo los hijos de puta. Yo estaba ahí, no me llevaba bien con él. Listo: lo tiro el flaco. Que hijo de puta el flaco, seguro que era activista o falopero, o las tres cosas. ¡¡Esta juventud de hoy!!
No me estoy entregando, no estoy tan loco, ni desconozco lo poco que vale el tiempo ajeno para los adeptos a tribunales, largos procesos y pilas de expedientes. Me encerrarían hasta encontrar una prueba de mi inocencia o inventar alguna que sugiera mi culpabilidad. Lo segundo es más fácil de hacer y lo primero tal vez nunca ocurra.
Un perito hubiera podido detectar las huellas de alguna riña. Aunque un golpe por sorpresa hubiera bastado y éste no podría detectarse. Las huellas por la separación entre pies habrían probado su carrera y el suicidio, pero la lluvia de esa tarde borró toda prueba dejada en la arena. El grito se escuchó, alguien que se tirase al abismo para acabar con su vida no estaría aterrorizado por su inevitable fin. Por lo tanto no gritaría. Además el hecho de que yo no me afligiera, ni me conmocionara resulta prueba de mi mala intención. Mi poca simpatía hacia el proyecto mal logrado de persona del que me acusan de ser asesino me da tal vez un motivo, o “móvil” como se acostumbra decir en la jerga que engalardona a los que dedican su vida a tan innoble trabajo como lo es la resolución de crímenes.
Lo cierto es que la estupidez de mi amigo fue consagrada con una muerte digna del más estúpido de los animales que jamás haya nacido, y por lo comentado adivinarán que el gordo era digno de una muerte así.
Nadie que lo conociera tanto o mejor que yo dudaría de lo factible de esta muerte y alguien que conociera mi temperamento no se sorprendería por mi accionar en las horas sucesivas al hecho. Me dirigí hacia mi casa, me acicalé y fui a pie hasta el domicilio donde estaban alojados el gordo y algunos amigos compartidos. Les narré lo ocurrido y les pedí se encargaran de los avisos que correspondieran y les sugerí hicieran lo que estimasen necesario. No atendí a comentarios y me retiré no sin anunciarles, que no contaran con mi ayuda ya que estaba ocupado.

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