Tuesday, October 17, 2006

Vivir

después de matar:

Las seis de la tarde parece una buena hora, sobre todo para vivir el momento, y una manera de hacerlo es observar la vida propia. Pero mi vida no es ahora, como decirlo... visible. La principal necesidad del que es buscado es, antes que nada, observar a los demás. Es el entorno tan amenazador que uno no puede dedicarse a su propio ser. Muy en el fondo uno siente esa necesidad, pero a la vez se da cuenta de que no tiene tiempo para reflexionar sobre los hechos, y ese apuro por pequeño que sea es enorme frente al peligro que representa.
Lo cierto es que estoy tomándome ese tiempo ahora. Son aproximadamente las siete y media y las esperanzas ya se han perdido. "Esperanza", es una palabra que siempre asocié con gente que tiene por qué vivir, algo como un niño a quien cuidar, una familia que mantener o una simple flor que regar todas las mañanas.
Lo cierto es que yo no tengo ya nada de eso y por lo tanto no tengo "esperanzas". Las tenía cuando eran las seis, pero esa maravillosa hora no existe más. Se pasó el tiempo concedido para su existencia sin que ella se animara a salir. Es verdaderamente una pena, era la última que me quedaba y no... no quiso. Es una pena tan grande que me decidí a no esperar hasta la próxima. Así que lo hago en este momento, no importa que no sean las seis.
El homicidio no significa nada para mí. No dejó mi victima nadie que lo quisiera. Sólo un sillón vacío que pronto tendrá otro dueño. No hay nada que me apene en realidad más que mi libertad perdida. Ahora no puedo andar por donde andaba. Lo perdí todo por un ser insignificante. Sé que es injusto que tal desperdicio de humanidad me cueste tan caro, pero sé a la vez que es así en esta cultura.
Quien mata debe sufrir, pues la vida de un hombre vale más que cualquier otra cosa. No se apenan, ni persiguen, ni condenan cuando miles de peces mueren intoxicados. No se les eriza la piel frente a un cazador, contemplan los trofeos con entusiasmo o indiferencia, nunca con aprensión. Si fuera una cabeza humana, un cadáver embalsamado sobre un pedestal se horrorizarían. Pero no sienten pena por la muerte ni el sufrimiento de otras especies. Los animales embalsamados son objetos, que nunca tuvieron vida, las maderas de los muebles no albergaron pájaros cuando se alzaban sobre la tierra.
Porque el mundo no es como ellos quisieran. Pero cuanto menos gente lo sepa, menos se notará y así podrán convencerse fácilmente de su propia mentira. Condenarán a hundirse en la ignorancia a todos y harán que ellos mismos quieran hacerlo a través de amenazas y de infiernos. Se las arreglarán para desconocer las evidencias y matar a los testigos, los harán sufrir, a los testigos. Para que los otros no se atrevan a revelar las verdades. Condenarán a las verdades a convertirse en secretos y a los testigos en prófugos. Señalarán a cualquier sospechoso y lo difamarán cuando no puedan darle alcance. Los borrarán o peor aún: los distorsionarán para hacerlos parecer crueles o soberbios, locos o estúpidos. A los más humildes los pisarán, a los más justos e inteligentes se les vigilará con recelo. Tan sólo para no desengañarse o ,en el más cruel y común de los casos, para no perder poder o beneficios.
Pero, como dicen los fatalistas, alguien tenía que hacerlo, o como dicen los conformistas y mentirosos así estamos mejor, más tranquilos y a salvo. Se vivirá sin utopías se abolirán los sueños, se destruirá la infancia o la adultez, si se entiende a la adultez por la sensatez y a la infancia por tranquilidad de espíritu o la inocencia. Se suprimirá también la adolescencia, pues se entenderá a este periodo como simplemente confuso y contraproducente. Los muchachos serán esclavos de los más viejos, hasta que se conviertan en viejos y adopten todos sus prejuicios y su frialdad. Se venerarán dioses únicos o acompañados. Se obligará a creer a los demás. Se mutilarán los pensamientos. La superstición abarcará toda la sabiduría. Así le llamarán a sus mentiras, a medias o totales, a sus discursos de morales, de obligaciones sin derechos, de muy pocas libertades. Si no pueden prohibirlo todo, será para no ahorcarse a ellos mismos. Seremos todos culpables. Nadie tendrá la gracia. Nadie podrá merecer. Te toca vivir como te toca, y te toca como ellos quieren que sea el mundo, pero el mundo no es como ellos quisieran. Sin embargo se las arreglan bien, para que se parezca a su conformidad.
Porque no hay nadie que desnude una respuesta como lo hacía. Porque nadie me va a comprender. Pero viviré solo, como quería cuando miraba amanecer, en donde supe crecer con el espíritu libre, en la sábana intangible del viento de mar, el sabor a sal, la arena en mis pies, la sombra escasa, pero suficiente. El cansancio físico, nunca mental. No me sentía cansado, sino con sueño. Quería dormir, soñar, correr al despertar por las playas solitarias sin más compañía que el mar.
Es que tengo todo el tiempo para mí y no importa nada más. Esperaré aquí hasta morir de hambre, hasta que mis ojos se sequen y no pueda ya alucinar por la deshidratación. Hasta que mis dedos se llaguen de escarbar y me decida a morir sin resistir, para que vengan los cuervos a comer, sin poder siquiera espantar las bandadas de carroñeros.
No es un buen final, pero no basta soñar para realizar lo que uno desea.
Viernes, 16 de Septiembre de 2005, 04:48:01 p.m.


Cuando me trajeron al mundo mis padres fue en un momento diferente. Nací en la tenue democracia del 83. Lo que indica que era en tiempos de decadencia del gobierno de facto, que ellos iniciaron esta aventura de brindarme una vida digna y feliz. Lo hicieron luego de una larga espera en la cual aguardaban tiempos mejores. Una espera obligada por las circunstancias.
Había unos abuelos jubilados alegres lúcidos e incansables, 4 primos de escasa edad que cuidarían de mí y un hermano con quien aprender sería más fácil. Porque siempre es más fácil hacer las cosas de a dos que uno solo. Mi madre tenía trabajo bien pago y seguro y mi padre tenía la voluntad inquebrantada, las esperanzas y la autoestima, los brazos fuertes y la inteligencia suficiente como para asegurar el pan y la protección. Mis tíos cubrían los espacios, las rendijas, los pequeños instantes de atención que no prestara algún otro. Siempre estuvimos a salvo. A salvo de saber la gravedad de las desdichas pasadas, a salvo de olvidarlas, a salvo de contaminarnos con rencor o sed de venganza, a salvo de todo menos de la libertad.
Compartimos nuestros días de infantes con buenos amigos, la plaza fue escenario de la mayoría de las aventuras.
La nave: un árbol accesible al que nos trepábamos y desde el cual se observaba todo lo que acontecía en el territorio.
La pileta: la cual cuando estaba vacía era pista de bicicletas y en su montaña artificial y chaparra hicimos nuestras primeras incursiones en el alpinismo. En sus aguas cayó la pelota tantas veces, y tras ella algunas nosotros.
El mástil: pocas ocasiones ondeó en él la bandera y desde él practicamos saltos circenses tratando de aferrarnos en vuelo a las ramas de un árbol cercano. Una vez logró Juan cruz tomar la rama con tal envión que cuando su cuerpo estuvo horizontal sus manos cedieron, resultando la acrobacia un costalazo fenomenal sobre el pasto. Él siempre sonriente dio muestras de dolor, pero siguió divirtiéndose con nosotros.
Las canchas entre árboles, con el álamo en medio y los pinos al costado, y los arbustos que ayudaban a evadir los rivales aunque a veces devolvían la pelota demasiado desviada.También eran tierra de nadie los terrenos baldíos que circundaban la casa: extensísimos y con altos pastizales, albergaron nuestras fantasías de exploraciones y refugios clandestinos, allí enfrentamos a las alimañas y fuimos victimas de nuestros peligrosos experimentos. Siempre pudimos hacernos un lugarcito para la travesura, el riesgo, lo nuevo, las cosas por conocer estuvieron a nuestro alcance, todo era magia.
Hubo en esto, quizás, un error. Nos dejaron ver las manos del mago, la ciencia del artificio se nos hizo evidente, estábamos acostumbrados a develar los misterios a fuerza de preguntas y experimentos. Éramos libres, de alma, de pensamiento y de corazón. Éramos libres de decir cuanto quisiéramos y hacer lo que nos plazca luego de cumplir nuestras obligaciones, que eran fáciles de cumplir. Éramos libres de pensamiento. La libertad nos hizo más sabios que ellos, que no habían vivido nunca en plenitud, porque siempre hubo una desgracia que empañara el paraíso.
La hubo en su tiempo y nos tenía que tocar también a nosotros. Su error no fue tal. Fue un acierto liberarnos de sus propias ataduras, nos hizo mejores, nos infundó el miedo y nos permitió el coraje, nos dio la confusión y el faro antinieblas de una mente sin prejuicios entrenada en el pensamiento crítico.
No pudieron acompañarnos en la tempestad, pues ellos estaban atados con fuerza a dogmas con los que soportaron tormentas terribles, dolores que no se pueden explicar ni hacer sentir a quien no estuvo allí. Dolores que no se pueden recordar sin aferrarse aún más a esos dogmas que los sostuvieron entonces. Dolores que al recordarlos abren llagas en la piel y más adentro aún.
Nunca supimos como eran esos tormentos, no lo hubieran permitido, nos mantuvieron a salvo de su dolor, nos mantuvieron felices y nos dejaron ir para no obstaculizar el camino a nuestra propia felicidad. Nos dejaron ir sin guías, no sabíamos a donde íbamos. No sabíamos qué podíamos encontrar.
Nos atacó la primer desgracia antes de lo previsto. Las esperanzas se diluyeron al asumir la traición. La traición fue inmediata, omnipotente, palíndromo, la corrupción lo asoló todo. No dejó institución libre de duda, no quedó nada a salvo. Se internó en lo más profundo de la sociedad, destruyó lazos de confianza. Vimos caer a nuestro alrededor todo lo que había soportado años de injusticias y represión. Las familias vecinas decaían. Hombres fuertes sin trabajo, debilitados de impotencia y sinsabores, se recluyeron en su soledad. Nosotros nos mantuvimos a flote como podíamos. La abuela cayó ante el implacable alzheimer, el abuelo sobrellevó la situación estoicamente, toda la familia se preparó para soportarlo, los tíos se entregaron al trabajo con ahínco, los primos buscaron su felicidad a la lejanía y nosotros adolecíamos en una tierra yerma sembrada de inútiles personajes indistintos.
Sobrevivimos rodeándonos de seres sobrenaturales, inundados de características ficticias hechas realidad por el surrealismo que ellos mismos emanaban, así nos dimos cuenta de que éramos distintos y también lo eran nuestros amigos de la infancia. Así conocimos luego a tantos otros que compartieron con nosotros su personalidad definida y diferente, su capacidad para resaltar caracteres favorables que redujeran hasta la nada sus pequeñas mediocridades. Son ellos personas extraordinarias con quienes la vida cobra un buen sentido. Son ellos indispensables para mantener las esperanzas y la cordura en un mundo tan descabellado. Las cosas no siempre nos salen bien, pero todo sale mejor si estamos junto a alguien importante, si recibimos el apoyo cabal de un amigo.