Viernes, 16 de Septiembre de 2005, 04:48:01 p.m.
Cuando me trajeron al mundo mis padres fue en un momento diferente. Nací en la tenue democracia del 83. Lo que indica que era en tiempos de decadencia del gobierno de facto, que ellos iniciaron esta aventura de brindarme una vida digna y feliz. Lo hicieron luego de una larga espera en la cual aguardaban tiempos mejores. Una espera obligada por las circunstancias.
Había unos abuelos jubilados alegres lúcidos e incansables, 4 primos de escasa edad que cuidarían de mí y un hermano con quien aprender sería más fácil. Porque siempre es más fácil hacer las cosas de a dos que uno solo. Mi madre tenía trabajo bien pago y seguro y mi padre tenía la voluntad inquebrantada, las esperanzas y la autoestima, los brazos fuertes y la inteligencia suficiente como para asegurar el pan y la protección. Mis tíos cubrían los espacios, las rendijas, los pequeños instantes de atención que no prestara algún otro. Siempre estuvimos a salvo. A salvo de saber la gravedad de las desdichas pasadas, a salvo de olvidarlas, a salvo de contaminarnos con rencor o sed de venganza, a salvo de todo menos de la libertad.
Compartimos nuestros días de infantes con buenos amigos, la plaza fue escenario de la mayoría de las aventuras.
La nave: un árbol accesible al que nos trepábamos y desde el cual se observaba todo lo que acontecía en el territorio.
La pileta: la cual cuando estaba vacía era pista de bicicletas y en su montaña artificial y chaparra hicimos nuestras primeras incursiones en el alpinismo. En sus aguas cayó la pelota tantas veces, y tras ella algunas nosotros.
El mástil: pocas ocasiones ondeó en él la bandera y desde él practicamos saltos circenses tratando de aferrarnos en vuelo a las ramas de un árbol cercano. Una vez logró Juan cruz tomar la rama con tal envión que cuando su cuerpo estuvo horizontal sus manos cedieron, resultando la acrobacia un costalazo fenomenal sobre el pasto. Él siempre sonriente dio muestras de dolor, pero siguió divirtiéndose con nosotros.
Las canchas entre árboles, con el álamo en medio y los pinos al costado, y los arbustos que ayudaban a evadir los rivales aunque a veces devolvían la pelota demasiado desviada.También eran tierra de nadie los terrenos baldíos que circundaban la casa: extensísimos y con altos pastizales, albergaron nuestras fantasías de exploraciones y refugios clandestinos, allí enfrentamos a las alimañas y fuimos victimas de nuestros peligrosos experimentos. Siempre pudimos hacernos un lugarcito para la travesura, el riesgo, lo nuevo, las cosas por conocer estuvieron a nuestro alcance, todo era magia.
Hubo en esto, quizás, un error. Nos dejaron ver las manos del mago, la ciencia del artificio se nos hizo evidente, estábamos acostumbrados a develar los misterios a fuerza de preguntas y experimentos. Éramos libres, de alma, de pensamiento y de corazón. Éramos libres de decir cuanto quisiéramos y hacer lo que nos plazca luego de cumplir nuestras obligaciones, que eran fáciles de cumplir. Éramos libres de pensamiento. La libertad nos hizo más sabios que ellos, que no habían vivido nunca en plenitud, porque siempre hubo una desgracia que empañara el paraíso.
La hubo en su tiempo y nos tenía que tocar también a nosotros. Su error no fue tal. Fue un acierto liberarnos de sus propias ataduras, nos hizo mejores, nos infundó el miedo y nos permitió el coraje, nos dio la confusión y el faro antinieblas de una mente sin prejuicios entrenada en el pensamiento crítico.
No pudieron acompañarnos en la tempestad, pues ellos estaban atados con fuerza a dogmas con los que soportaron tormentas terribles, dolores que no se pueden explicar ni hacer sentir a quien no estuvo allí. Dolores que no se pueden recordar sin aferrarse aún más a esos dogmas que los sostuvieron entonces. Dolores que al recordarlos abren llagas en la piel y más adentro aún.
Nunca supimos como eran esos tormentos, no lo hubieran permitido, nos mantuvieron a salvo de su dolor, nos mantuvieron felices y nos dejaron ir para no obstaculizar el camino a nuestra propia felicidad. Nos dejaron ir sin guías, no sabíamos a donde íbamos. No sabíamos qué podíamos encontrar.
Nos atacó la primer desgracia antes de lo previsto. Las esperanzas se diluyeron al asumir la traición. La traición fue inmediata, omnipotente, palíndromo, la corrupción lo asoló todo. No dejó institución libre de duda, no quedó nada a salvo. Se internó en lo más profundo de la sociedad, destruyó lazos de confianza. Vimos caer a nuestro alrededor todo lo que había soportado años de injusticias y represión. Las familias vecinas decaían. Hombres fuertes sin trabajo, debilitados de impotencia y sinsabores, se recluyeron en su soledad. Nosotros nos mantuvimos a flote como podíamos. La abuela cayó ante el implacable alzheimer, el abuelo sobrellevó la situación estoicamente, toda la familia se preparó para soportarlo, los tíos se entregaron al trabajo con ahínco, los primos buscaron su felicidad a la lejanía y nosotros adolecíamos en una tierra yerma sembrada de inútiles personajes indistintos.
Sobrevivimos rodeándonos de seres sobrenaturales, inundados de características ficticias hechas realidad por el surrealismo que ellos mismos emanaban, así nos dimos cuenta de que éramos distintos y también lo eran nuestros amigos de la infancia. Así conocimos luego a tantos otros que compartieron con nosotros su personalidad definida y diferente, su capacidad para resaltar caracteres favorables que redujeran hasta la nada sus pequeñas mediocridades. Son ellos personas extraordinarias con quienes la vida cobra un buen sentido. Son ellos indispensables para mantener las esperanzas y la cordura en un mundo tan descabellado. Las cosas no siempre nos salen bien, pero todo sale mejor si estamos junto a alguien importante, si recibimos el apoyo cabal de un amigo.
Cuando me trajeron al mundo mis padres fue en un momento diferente. Nací en la tenue democracia del 83. Lo que indica que era en tiempos de decadencia del gobierno de facto, que ellos iniciaron esta aventura de brindarme una vida digna y feliz. Lo hicieron luego de una larga espera en la cual aguardaban tiempos mejores. Una espera obligada por las circunstancias.
Había unos abuelos jubilados alegres lúcidos e incansables, 4 primos de escasa edad que cuidarían de mí y un hermano con quien aprender sería más fácil. Porque siempre es más fácil hacer las cosas de a dos que uno solo. Mi madre tenía trabajo bien pago y seguro y mi padre tenía la voluntad inquebrantada, las esperanzas y la autoestima, los brazos fuertes y la inteligencia suficiente como para asegurar el pan y la protección. Mis tíos cubrían los espacios, las rendijas, los pequeños instantes de atención que no prestara algún otro. Siempre estuvimos a salvo. A salvo de saber la gravedad de las desdichas pasadas, a salvo de olvidarlas, a salvo de contaminarnos con rencor o sed de venganza, a salvo de todo menos de la libertad.
Compartimos nuestros días de infantes con buenos amigos, la plaza fue escenario de la mayoría de las aventuras.
La nave: un árbol accesible al que nos trepábamos y desde el cual se observaba todo lo que acontecía en el territorio.
La pileta: la cual cuando estaba vacía era pista de bicicletas y en su montaña artificial y chaparra hicimos nuestras primeras incursiones en el alpinismo. En sus aguas cayó la pelota tantas veces, y tras ella algunas nosotros.
El mástil: pocas ocasiones ondeó en él la bandera y desde él practicamos saltos circenses tratando de aferrarnos en vuelo a las ramas de un árbol cercano. Una vez logró Juan cruz tomar la rama con tal envión que cuando su cuerpo estuvo horizontal sus manos cedieron, resultando la acrobacia un costalazo fenomenal sobre el pasto. Él siempre sonriente dio muestras de dolor, pero siguió divirtiéndose con nosotros.
Las canchas entre árboles, con el álamo en medio y los pinos al costado, y los arbustos que ayudaban a evadir los rivales aunque a veces devolvían la pelota demasiado desviada.También eran tierra de nadie los terrenos baldíos que circundaban la casa: extensísimos y con altos pastizales, albergaron nuestras fantasías de exploraciones y refugios clandestinos, allí enfrentamos a las alimañas y fuimos victimas de nuestros peligrosos experimentos. Siempre pudimos hacernos un lugarcito para la travesura, el riesgo, lo nuevo, las cosas por conocer estuvieron a nuestro alcance, todo era magia.
Hubo en esto, quizás, un error. Nos dejaron ver las manos del mago, la ciencia del artificio se nos hizo evidente, estábamos acostumbrados a develar los misterios a fuerza de preguntas y experimentos. Éramos libres, de alma, de pensamiento y de corazón. Éramos libres de decir cuanto quisiéramos y hacer lo que nos plazca luego de cumplir nuestras obligaciones, que eran fáciles de cumplir. Éramos libres de pensamiento. La libertad nos hizo más sabios que ellos, que no habían vivido nunca en plenitud, porque siempre hubo una desgracia que empañara el paraíso.
La hubo en su tiempo y nos tenía que tocar también a nosotros. Su error no fue tal. Fue un acierto liberarnos de sus propias ataduras, nos hizo mejores, nos infundó el miedo y nos permitió el coraje, nos dio la confusión y el faro antinieblas de una mente sin prejuicios entrenada en el pensamiento crítico.
No pudieron acompañarnos en la tempestad, pues ellos estaban atados con fuerza a dogmas con los que soportaron tormentas terribles, dolores que no se pueden explicar ni hacer sentir a quien no estuvo allí. Dolores que no se pueden recordar sin aferrarse aún más a esos dogmas que los sostuvieron entonces. Dolores que al recordarlos abren llagas en la piel y más adentro aún.
Nunca supimos como eran esos tormentos, no lo hubieran permitido, nos mantuvieron a salvo de su dolor, nos mantuvieron felices y nos dejaron ir para no obstaculizar el camino a nuestra propia felicidad. Nos dejaron ir sin guías, no sabíamos a donde íbamos. No sabíamos qué podíamos encontrar.
Nos atacó la primer desgracia antes de lo previsto. Las esperanzas se diluyeron al asumir la traición. La traición fue inmediata, omnipotente, palíndromo, la corrupción lo asoló todo. No dejó institución libre de duda, no quedó nada a salvo. Se internó en lo más profundo de la sociedad, destruyó lazos de confianza. Vimos caer a nuestro alrededor todo lo que había soportado años de injusticias y represión. Las familias vecinas decaían. Hombres fuertes sin trabajo, debilitados de impotencia y sinsabores, se recluyeron en su soledad. Nosotros nos mantuvimos a flote como podíamos. La abuela cayó ante el implacable alzheimer, el abuelo sobrellevó la situación estoicamente, toda la familia se preparó para soportarlo, los tíos se entregaron al trabajo con ahínco, los primos buscaron su felicidad a la lejanía y nosotros adolecíamos en una tierra yerma sembrada de inútiles personajes indistintos.
Sobrevivimos rodeándonos de seres sobrenaturales, inundados de características ficticias hechas realidad por el surrealismo que ellos mismos emanaban, así nos dimos cuenta de que éramos distintos y también lo eran nuestros amigos de la infancia. Así conocimos luego a tantos otros que compartieron con nosotros su personalidad definida y diferente, su capacidad para resaltar caracteres favorables que redujeran hasta la nada sus pequeñas mediocridades. Son ellos personas extraordinarias con quienes la vida cobra un buen sentido. Son ellos indispensables para mantener las esperanzas y la cordura en un mundo tan descabellado. Las cosas no siempre nos salen bien, pero todo sale mejor si estamos junto a alguien importante, si recibimos el apoyo cabal de un amigo.

1 Comments:
Otra vez las palabras tienen otro sentido.
Ya que estoy atemporal y que el cine me incita a la autobiografía acá pongo un retaso de ficción que se asemeja parcialmente al sentimiento de un pasado que recuerdo a medias.
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