Llueve
Llueve, se enfrían mis pies, sacudo la humedad de mi cabeza, corro, tropiezo con mi afán de encontrarla y no me detengo en el semáforo. Logro huir de los automovilistas, el charco es más grande de lo imaginado, siento el resultado de mi torpeza hasta las rodillas. Continúo a la misma velocidad. Se sorprenden, pero se apartan sin chistar, nadie me dirige la palabra, nadie se atreve. Sonidos más adelante, murmullos detrás. La luz no se detiene, no hay tiempo de pensar, no cambio mi marcha, aparece por mi izquierda, salto sobre él. El impacto es fuerte, el dolor en el hombro también, pero mis costillas aún resisten. Me he detenido, pero estoy de pie. Emprendo mi marcha, no sin dificultad, retomo la velocidad de un principio. Murmullos delante, los gritos detrás. Consigo llegar al silencio, la oscuridad no es total, los reflejos amarillentos sobre el asfalto. Talvez yo esté empapado también, no creo que el agua penetre tanto, no es sudor, debe ser sangre. No tengo con qué disimular mi situación. El tinte rojo será evidencia de mi torpeza. Tal vez debiera ir por mi abrigo. No puedo volver, estoy por llegar. El reloj me cede unos minutos, aún puedo desviarme hasta su casa, embarrar la entrada, tomar el felpudo y algún trapo y borrar las huellas, la ropa seca me sentará bien. El reloj me da la misma ventaja que hace unos instantes. No puedo confiar en él. Tal vez el impacto lo detuvo, siempre se detiene cuando menos lo espero ¡Debo decidir ya! si se detuvo al golpear contra el capot aún puedo llegar, tal vez ella se demore. No puedo demorarme más, el reloj atrasaba, tal vez, antes de detenerse. No me detengo, sigo preguntándome ¿para que ir por mi abrigo? ¿es que él tendrá para mí una solución? ¡claro que no! sólo yo puedo hallarla ¿pero qué hacer? El abrigo tal vez me evite la pulmonía, pero no evitará el desencuentro, me protegerá del frío viento, pero no de mi frío corazón. Tomo la ruta demarcada en mi mente horas atrás, no debo desviarme, no llegaré a tiempo. Si se siente sola una vez más, talvez ya nada sea como antes. No podré convencerla jamás. Pero si mi presencia le asusta, talvez no quiera que la acompañe. Me estoy alejando del abrigo, es el paso que debo dar antes, no ganaré la partida si no resuelvo las cosas en orden. No llegaré a tiempo si me desvío, a esta altura sería retroceder. Talvez me espere. Me detengo. Tal vez emprenda el viaje y la encuentre a los pocos metros. Giro. Tal vez sienta el frío y la soledad y comience a detestarme justo en el instante en que se crucen nuestras miradas. Emprendo la retirada hacia el abrigo. Una palabra amable entonces, una caricia y el abrigo tal vez basten. Acelero aún más. La pequeña tardanza encontrará una excusa perfecta en el golpe, un motociclista, repartidor, apurado e imaginario, será el culpable y mis ansias por encontrarla serán causa del amor. Tomo el desvío, al doblar disminuyo la velocidad. La extraña sensación será atribuible al frío, su enojo a la tardanza y mi recelo a su recelo anterior. No puedo mantener la velocidad. Ella decidirá entonces. Lo que suceda después será su culpa, no mía. Negaré siempre la traición. Estoy llegando a la casa. No debo olvidar el felpudo y el trapo, las huellas, la ropa ¿cómo tomaré la ropa? ¡ensuciaría todo el lugar! Me desnudaré en la entrada. La calefacción evitará un entumecimiento e incluso el shock térmico se amortiguará. No puedo encontrar las llaves. Tal vez en un bolsillo interno. La puerta me invita a pasar, y yo sin las… aquí están. La del extremo ovalado es la primera. Estoy en el pasillo. La llave gira dos vueltas esta vez. Cierro a mis espaldas, la luz se enciende, mis ropas caen. El piso es más cálido que mis pies, no siento frío. Pensé que sería una sola herida, pero no son profundas, una tira de algodón bastará. Limpio apresuradamente mi cuerpo, con la toalla ahora ensangrentada. Tomo otra para secarme bien. Las dejo en el lavadero junto a las ropas mojadas, me visto rápidamente, mis zapatos están fríos. Tomo el abrigo y salgo. El felpudo es suficiente, no hay manchas de sangre. Camino por el pasillo. Salgo corriendo lo más rápido posible. Aminoro la marcha al doblar, no acelero nuevamente. Todo quedó limpio en la casa, al volver debo evitar que ella vaya al lavadero antes que yo. Una puerta se abre, salen dos hombres de traje. Estoy caminando, intento serenarme ¡Olvidé chequear mi aspecto en el espejo del pasillo! El vidrio de un auto servirá, la lluvia entorpece mi visión, pero al parecer no hay motivo de alarma. Estoy a una cuadra, saludo a la pareja que está a punto de tomar el taxi. Él no me recuerda, ella sí. Bajo el paraguas, su saludo sonriente es la evidencia de mi buen aspecto. Además, su silencio es la seguridad de que Ella aún está en el edificio. Ella está por salir, debo estar aquí para acompañarla, para acercarla a mi pecho y abrigarla ¿pero con qué? El abrigo le evitará la pulmonía, pero no la protegerá de mi frío corazón.

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