Serenamente
Era un hombre extraordinario, lo vi beber una noche en un paraje improvisado, a orillas de una guerra cruel por demás, que desangraba a su gente. Bebía algo parecido al vino, que olía incluso a sumo de uva, pero supe que no podía serlo, pues les está prohibido a quienes visten así.
Lo observé largamente sin comprender su actitud, sin poder adivinar en que pensaba. Su expresión alegre y serena y la solemnidad de sus ademanes le conferían, junto a su vestimenta, un halo místico impenetrable. Nadie reparaba en él así que decidí acercarme y preguntarle. Dijo que no lo sabía. Inquirí al respecto y se limitó a estas palabras: “Nunca he probado el vino.” Pregunté entonces si no estaba prohibido beber el fermento de la uva y el cereal a los musulmanes. Efectivamente era así. Le aseguré entonces que estaba violando esa premisa, a lo que él respondió: “Esto es todo lo que hay para calmar la sed aquí, ¿qué importancia tiene qué cosa es?” “Vengo a beber aquí para que todos sepan que pueden hacerlo sin temor.” Entonces me percaté de que la mayoría de los habitantes de ese lugar eran abstemios y sólo bebían vino cuando el hombre estaba presente. Se fue calmadamente, mientras todos se apuraban a vaciar sus vasos.
Con la misma serenidad recorrió las calles inundadas de llanto. Se detuvo ante cada cuerpo mutilado. Sólo unos pocos, irreconocibles, no tenían a su alrededor una mujer y algunos niños derramando lágrimas amargas sobre los harapos sanguinolentos. Se dirigió hacia el dolor más próximo. Tomó suavemente por los hombros a la mujer y la miró a los ojos en silencio. La acercó hacia su pecho. La abrazó hasta contagiarle su calma. Luego tomó sus manos, las llevo hacia el rostro difunto y estas acariciaron sus facciones. El rostro se despojó del rigor mortis y se petrificó en una expresión de placidez y calma. Al ver el milagro el llanto la desbordó, pero las lágrimas ya no eran de amargura, sino de agradecimiento. Los niños reían maravillados, besaban las mejillas pétreas y le susurraban a los oídos sordos. El hombre siguió, ya con su túnica empapada, su camino hacia el siguiente cadáver y tomó por los hombros a la siguiente madre viuda. Repitió el ritual ante cada uno.
En la colina verde, al atardecer, se detuvo un instante a respirar, no lo suficientemente lejos del humo, ni tan apartado de los gritos y el llanto.
A la hora señalada, se arrodilló hacia el poniente y agradeció el privilegio de poder brindar la calma a todos los que le necesitaran. Apoyó la frente en sus manos y lloró hasta desvanecerse, agotado, en un sueño húmedo, amargo y pálido que olía a sangre y dolor, agonía y desesperanza.
Al despertar no le sorprendió el tenue aroma de agua de azar y la tibia brisa primaveral. Notó las muñecas frías. Oyó el sonido inconfundible del desamparo y se dirigió hacia allá, seguro de estar haciendo lo correcto, sonriendo, serenamente.
Lo observé largamente sin comprender su actitud, sin poder adivinar en que pensaba. Su expresión alegre y serena y la solemnidad de sus ademanes le conferían, junto a su vestimenta, un halo místico impenetrable. Nadie reparaba en él así que decidí acercarme y preguntarle. Dijo que no lo sabía. Inquirí al respecto y se limitó a estas palabras: “Nunca he probado el vino.” Pregunté entonces si no estaba prohibido beber el fermento de la uva y el cereal a los musulmanes. Efectivamente era así. Le aseguré entonces que estaba violando esa premisa, a lo que él respondió: “Esto es todo lo que hay para calmar la sed aquí, ¿qué importancia tiene qué cosa es?” “Vengo a beber aquí para que todos sepan que pueden hacerlo sin temor.” Entonces me percaté de que la mayoría de los habitantes de ese lugar eran abstemios y sólo bebían vino cuando el hombre estaba presente. Se fue calmadamente, mientras todos se apuraban a vaciar sus vasos.
Con la misma serenidad recorrió las calles inundadas de llanto. Se detuvo ante cada cuerpo mutilado. Sólo unos pocos, irreconocibles, no tenían a su alrededor una mujer y algunos niños derramando lágrimas amargas sobre los harapos sanguinolentos. Se dirigió hacia el dolor más próximo. Tomó suavemente por los hombros a la mujer y la miró a los ojos en silencio. La acercó hacia su pecho. La abrazó hasta contagiarle su calma. Luego tomó sus manos, las llevo hacia el rostro difunto y estas acariciaron sus facciones. El rostro se despojó del rigor mortis y se petrificó en una expresión de placidez y calma. Al ver el milagro el llanto la desbordó, pero las lágrimas ya no eran de amargura, sino de agradecimiento. Los niños reían maravillados, besaban las mejillas pétreas y le susurraban a los oídos sordos. El hombre siguió, ya con su túnica empapada, su camino hacia el siguiente cadáver y tomó por los hombros a la siguiente madre viuda. Repitió el ritual ante cada uno.
En la colina verde, al atardecer, se detuvo un instante a respirar, no lo suficientemente lejos del humo, ni tan apartado de los gritos y el llanto.
A la hora señalada, se arrodilló hacia el poniente y agradeció el privilegio de poder brindar la calma a todos los que le necesitaran. Apoyó la frente en sus manos y lloró hasta desvanecerse, agotado, en un sueño húmedo, amargo y pálido que olía a sangre y dolor, agonía y desesperanza.
Al despertar no le sorprendió el tenue aroma de agua de azar y la tibia brisa primaveral. Notó las muñecas frías. Oyó el sonido inconfundible del desamparo y se dirigió hacia allá, seguro de estar haciendo lo correcto, sonriendo, serenamente.

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