Monday, June 26, 2006

Llueve

Llueve, se enfrían mis pies, sacudo la humedad de mi cabeza, corro, tropiezo con mi afán de encontrarla y no me detengo en el semáforo. Logro huir de los automovilistas, el charco es más grande de lo imaginado, siento el resultado de mi torpeza hasta las rodillas. Continúo a la misma velocidad. Se sorprenden, pero se apartan sin chistar, nadie me dirige la palabra, nadie se atreve. Sonidos más adelante, murmullos detrás. La luz no se detiene, no hay tiempo de pensar, no cambio mi marcha, aparece por mi izquierda, salto sobre él. El impacto es fuerte, el dolor en el hombro también, pero mis costillas aún resisten. Me he detenido, pero estoy de pie. Emprendo mi marcha, no sin dificultad, retomo la velocidad de un principio. Murmullos delante, los gritos detrás. Consigo llegar al silencio, la oscuridad no es total, los reflejos amarillentos sobre el asfalto. Talvez yo esté empapado también, no creo que el agua penetre tanto, no es sudor, debe ser sangre. No tengo con qué disimular mi situación. El tinte rojo será evidencia de mi torpeza. Tal vez debiera ir por mi abrigo. No puedo volver, estoy por llegar. El reloj me cede unos minutos, aún puedo desviarme hasta su casa, embarrar la entrada, tomar el felpudo y algún trapo y borrar las huellas, la ropa seca me sentará bien. El reloj me da la misma ventaja que hace unos instantes. No puedo confiar en él. Tal vez el impacto lo detuvo, siempre se detiene cuando menos lo espero ¡Debo decidir ya! si se detuvo al golpear contra el capot aún puedo llegar, tal vez ella se demore. No puedo demorarme más, el reloj atrasaba, tal vez, antes de detenerse. No me detengo, sigo preguntándome ¿para que ir por mi abrigo? ¿es que él tendrá para mí una solución? ¡claro que no! sólo yo puedo hallarla ¿pero qué hacer? El abrigo tal vez me evite la pulmonía, pero no evitará el desencuentro, me protegerá del frío viento, pero no de mi frío corazón. Tomo la ruta demarcada en mi mente horas atrás, no debo desviarme, no llegaré a tiempo. Si se siente sola una vez más, talvez ya nada sea como antes. No podré convencerla jamás. Pero si mi presencia le asusta, talvez no quiera que la acompañe. Me estoy alejando del abrigo, es el paso que debo dar antes, no ganaré la partida si no resuelvo las cosas en orden. No llegaré a tiempo si me desvío, a esta altura sería retroceder. Talvez me espere. Me detengo. Tal vez emprenda el viaje y la encuentre a los pocos metros. Giro. Tal vez sienta el frío y la soledad y comience a detestarme justo en el instante en que se crucen nuestras miradas. Emprendo la retirada hacia el abrigo. Una palabra amable entonces, una caricia y el abrigo tal vez basten. Acelero aún más. La pequeña tardanza encontrará una excusa perfecta en el golpe, un motociclista, repartidor, apurado e imaginario, será el culpable y mis ansias por encontrarla serán causa del amor. Tomo el desvío, al doblar disminuyo la velocidad. La extraña sensación será atribuible al frío, su enojo a la tardanza y mi recelo a su recelo anterior. No puedo mantener la velocidad. Ella decidirá entonces. Lo que suceda después será su culpa, no mía. Negaré siempre la traición. Estoy llegando a la casa. No debo olvidar el felpudo y el trapo, las huellas, la ropa ¿cómo tomaré la ropa? ¡ensuciaría todo el lugar! Me desnudaré en la entrada. La calefacción evitará un entumecimiento e incluso el shock térmico se amortiguará. No puedo encontrar las llaves. Tal vez en un bolsillo interno. La puerta me invita a pasar, y yo sin las… aquí están. La del extremo ovalado es la primera. Estoy en el pasillo. La llave gira dos vueltas esta vez. Cierro a mis espaldas, la luz se enciende, mis ropas caen. El piso es más cálido que mis pies, no siento frío. Pensé que sería una sola herida, pero no son profundas, una tira de algodón bastará. Limpio apresuradamente mi cuerpo, con la toalla ahora ensangrentada. Tomo otra para secarme bien. Las dejo en el lavadero junto a las ropas mojadas, me visto rápidamente, mis zapatos están fríos. Tomo el abrigo y salgo. El felpudo es suficiente, no hay manchas de sangre. Camino por el pasillo. Salgo corriendo lo más rápido posible. Aminoro la marcha al doblar, no acelero nuevamente. Todo quedó limpio en la casa, al volver debo evitar que ella vaya al lavadero antes que yo. Una puerta se abre, salen dos hombres de traje. Estoy caminando, intento serenarme ¡Olvidé chequear mi aspecto en el espejo del pasillo! El vidrio de un auto servirá, la lluvia entorpece mi visión, pero al parecer no hay motivo de alarma. Estoy a una cuadra, saludo a la pareja que está a punto de tomar el taxi. Él no me recuerda, ella sí. Bajo el paraguas, su saludo sonriente es la evidencia de mi buen aspecto. Además, su silencio es la seguridad de que Ella aún está en el edificio. Ella está por salir, debo estar aquí para acompañarla, para acercarla a mi pecho y abrigarla ¿pero con qué? El abrigo le evitará la pulmonía, pero no la protegerá de mi frío corazón.

Monday, June 05, 2006

Serenamente

Era un hombre extraordinario, lo vi beber una noche en un paraje improvisado, a orillas de una guerra cruel por demás, que desangraba a su gente. Bebía algo parecido al vino, que olía incluso a sumo de uva, pero supe que no podía serlo, pues les está prohibido a quienes visten así.
Lo observé largamente sin comprender su actitud, sin poder adivinar en que pensaba. Su expresión alegre y serena y la solemnidad de sus ademanes le conferían, junto a su vestimenta, un halo místico impenetrable. Nadie reparaba en él así que decidí acercarme y preguntarle. Dijo que no lo sabía. Inquirí al respecto y se limitó a estas palabras: “Nunca he probado el vino.” Pregunté entonces si no estaba prohibido beber el fermento de la uva y el cereal a los musulmanes. Efectivamente era así. Le aseguré entonces que estaba violando esa premisa, a lo que él respondió: “Esto es todo lo que hay para calmar la sed aquí, ¿qué importancia tiene qué cosa es?” “Vengo a beber aquí para que todos sepan que pueden hacerlo sin temor.” Entonces me percaté de que la mayoría de los habitantes de ese lugar eran abstemios y sólo bebían vino cuando el hombre estaba presente. Se fue calmadamente, mientras todos se apuraban a vaciar sus vasos.
Con la misma serenidad recorrió las calles inundadas de llanto. Se detuvo ante cada cuerpo mutilado. Sólo unos pocos, irreconocibles, no tenían a su alrededor una mujer y algunos niños derramando lágrimas amargas sobre los harapos sanguinolentos. Se dirigió hacia el dolor más próximo. Tomó suavemente por los hombros a la mujer y la miró a los ojos en silencio. La acercó hacia su pecho. La abrazó hasta contagiarle su calma. Luego tomó sus manos, las llevo hacia el rostro difunto y estas acariciaron sus facciones. El rostro se despojó del rigor mortis y se petrificó en una expresión de placidez y calma. Al ver el milagro el llanto la desbordó, pero las lágrimas ya no eran de amargura, sino de agradecimiento. Los niños reían maravillados, besaban las mejillas pétreas y le susurraban a los oídos sordos. El hombre siguió, ya con su túnica empapada, su camino hacia el siguiente cadáver y tomó por los hombros a la siguiente madre viuda. Repitió el ritual ante cada uno.
En la colina verde, al atardecer, se detuvo un instante a respirar, no lo suficientemente lejos del humo, ni tan apartado de los gritos y el llanto.
A la hora señalada, se arrodilló hacia el poniente y agradeció el privilegio de poder brindar la calma a todos los que le necesitaran. Apoyó la frente en sus manos y lloró hasta desvanecerse, agotado, en un sueño húmedo, amargo y pálido que olía a sangre y dolor, agonía y desesperanza.
Al despertar no le sorprendió el tenue aroma de agua de azar y la tibia brisa primaveral. Notó las muñecas frías. Oyó el sonido inconfundible del desamparo y se dirigió hacia allá, seguro de estar haciendo lo correcto, sonriendo, serenamente.

Diabético

18/08/2005

En su primer día de clases, Feli llegó de la mano de su madre a la escuela. Ya le habían explicado todo lo que debía saber y lo más importante en su primer día era encontrar un amiguito. Con uno sólo bastaba, pero debía ser un niño bueno, de buena familia y de ser posible bien parecido.
- Busca alguien que se parezca a ti.
había aconsejado su padre.

Feli observó la escena al llegar, y se sorprendió al ver niños llorones y asustados. De seguro ellos no estaban tan preparados como él para afrontar esa jornada. Sus padres no debían de preocuparse tanto por la educación de sus hijos como los padres de Feli. Tanto peor para ellos.
Feli despidió a su madre y se avocó a su tarea. En seguida divisó un niño que ya había despedido a su madre y estaba aguardando sin prisa que los demás niños despidieran a las suyas para conversar.

- Hola.
- Hola.
- Yo me llamo Feli. Tu como te llamas?
- Yo soy Juan.
- Quieres un dulce Juan?
- No puedo comer dulces, soy diabético.

Juan era rubio y de ojos claros, la expresión perfecta de un compañero de raza ¡¡pero era diabético!!
Feli sintió esa ira contra Juan como contra todos los distintos a él, pero de inmediato una idea le arrebató su ira. Se dio cuenta de golpe, que Juan no tenía la culpa, sino sus padres. Juan era un niño perfecto, pero sus padres le habían inculcado esa horrenda religión, ellos tenían la culpa. Pobre Juan, que padres tan descarados.

- No es culpa tuya Juan, es de tus padres,
- Sí, ya lo sé. Me contaron que es hereditaria.

Todo se estaba aclarando. No era una religión cualquiera, a la que uno podía pertenecer si encontraba sus preceptos verdaderos o convincentes. Era algo más siniestro. Era una secta al parecer muy hermética, de seguro muy peligrosa y clandestina. La más inmoral de las sectas diabólicas. Eran tan diabólicos que se hacían llamar diabéticos. Que significa sin dudas "más perversos que el diablo" o algo por el estilo.

- No deberías decirlo con tanta liviandad, ser diabético no es nada bueno Juan.
- Me lo vas a decir a mí. No puedo comer cosas dulces y me llevan al médico todos los meses, a veces me pinchan con jeringas, es horrible.

Ahora estaba claro. Era peor de lo que había imaginado. Los integrantes de esa perversión sometían a sus niños a no disfrutar nada de lo bueno. Las delicias de la vida les estaban prohibidas y además les inflingían dolorosos tormentos. Que horror!!!!!!! y les inculcaban obediencia hasta el punto de que ellos mismos se negaban a los placeres!!

- No dejes que te hagan eso Juan, debes dejar de ser diabético.
- Yo no quiero, pero mamá dijo que debía aceptarlo. Ella es diabética también.
- Como!! tu papá no es diabético???
- No. Sólo mi mamá.
- Y como puede soportar esto?? es cristiano tu papá???
- Sí, claro. y tu papá?
- Sí mi papá sí, por supuesto, pero él no soportaría que mi mamá fuera diabética.
- No es tan grave, si no comes dulces y te cuidas, no te pinchan todos los días, hay diferentes tipos de diabéticos, pero uno puede convertirse en insulina-dependiente.

Era una estructura organizada, jerarquizada, conformada por pequeños grupos, o talvez grandes grupos, tan grandes que a sus lideres les decían insulina-dependientes, algo así como los presidentes de los diabéticos. Y con una disciplina tan rígida que los integrantes más bajos eran sometidos a torturas diarias si no obedecían. Además seguro amenazaban a los cristianos que supieran que alguien era diabético. Por eso el padre de Juan lo soportaba todo, estaría de seguro aterrorizado. Pobre papá de Juan!!!

- Por favor Juan, debes dejar de ser diabético.
- Siempre seré diabético Feli. No entiendes?

Ahora había entendido todo, Juan estaba condenado a ser diabético contra su voluntad, pero lo había aceptado. Le había hecho saber a Feli que siempre serían enemigos. Pero no se guardarían rencor. Juan no podía dejar de ser diabético y de atentar contra los demás y Feli debía proteger a la gente de la amenaza de Juan y su puta madre y los demás hijos de puta que nunca dejarían de ser diabéticos.

MORALEJA:
“Encontrar un amiguito es muy difícil si además de ser un nazi hijo de puta, sos un ignorante y te crees que sos un gran tipo.”

El gordo se tiró

El gordo se tiró por el acantilado: ambos corrimos hacia el borde. Yo me detuve a medio metro de que acabara la planicie. Él se tiró al tiempo que exclamaba un grito, como diciendo: “di un paso de más, que boludo” y a la vez se notó un dejo de terror, como profetizando el dolor de las piedras en sus costillas y los filos desgarrando sus carnes grasosas. (N. del Censor: exposición del proceso de carnificación del cuerpo, faena y expendio)
“¿De acá llegamos no?” me dice. “Sí gordo”,le digo, “tomemos carrera dale”. Lo dije irónicamente, sin el menor disimulo. Y con una mirada cómplice el gordo retrocedió. Yo también. Ambos corrimos, yo paré y el siguió.
No creo que quisiera terminar así. Esto me hace acordar al caso de las dos pibas que se tiran del taxi en movimiento, pensando que así se salvaban de chocar. El taxista sufre de epilepsia y se convulsiona. Su pierna se tiesa, como el resto del cuerpo, por los espasmos, y el auto acelera zigzagueante. Las pibas se tiran del taxi y la primera muere instantáneamente al golpear el suelo con la cabeza. La segunda, viendo a su compañera rodar inconsciente, decide suicidarse también. Pensando que correrá mejor suerte que el taxista. Ella termina en coma. El taxista despierta en la banquina varios Km más adelante. Intacto. El auto tiene algunas marcas, nada serio. No recuerda nada de lo ocurrido horas antes, cuando transportaba dos pasajeras que ya se han bajado del taxi.
No puedo más que imaginar un par de pendejas histéricas que desconocen las leyes físicas. Que viven en la luna. Donde seguramente se hubieran salvado por la menor gravedad. Se asustan, gritan como una jauría de loros bahienses: “-¡¡Pare señor que hace!! -¡¡No te escucha boluda, está loco!! -¡¡Va a chocar!!. -Tirémonos antes. -¡¡Estás loca!! -¡¡Si no nos tiramos nos matamos!! ...” Y se tiran, y se matan. Pero claro, hay que buscar un culpable: así que enjuician al taxista por privación ilegítima de la libertad, homicidio y tentativa de homicidio. Y si no sobrevive o no sale jamás de coma la segunda adolescente en tirarse, o no recuerda lo ocurrido, o no se le toma declaración, el tipo se liga unos añitos a la sombra gratis.
Yo no tengo que ver directamente en la muerte del gordo. No era mi amigo, no nos llevábamos muy bien, pero no importa, el hecho es que fui testigo de su suicidio y me acusan de haberlo tirado. Pesaba sus kilitos el gordo. De haber peleado en el acantilado hubiera terminado yo entre las piedras. No tiene sentido la acusación. Sólo quieren un chivo, quieren un chivo los hijos de puta. Yo estaba ahí, no me llevaba bien con él. Listo: lo tiro el flaco. Que hijo de puta el flaco, seguro que era activista o falopero, o las tres cosas. ¡¡Esta juventud de hoy!!
No me estoy entregando, no estoy tan loco, ni desconozco lo poco que vale el tiempo ajeno para los adeptos a tribunales, largos procesos y pilas de expedientes. Me encerrarían hasta encontrar una prueba de mi inocencia o inventar alguna que sugiera mi culpabilidad. Lo segundo es más fácil de hacer y lo primero tal vez nunca ocurra.
Un perito hubiera podido detectar las huellas de alguna riña. Aunque un golpe por sorpresa hubiera bastado y éste no podría detectarse. Las huellas por la separación entre pies habrían probado su carrera y el suicidio, pero la lluvia de esa tarde borró toda prueba dejada en la arena. El grito se escuchó, alguien que se tirase al abismo para acabar con su vida no estaría aterrorizado por su inevitable fin. Por lo tanto no gritaría. Además el hecho de que yo no me afligiera, ni me conmocionara resulta prueba de mi mala intención. Mi poca simpatía hacia el proyecto mal logrado de persona del que me acusan de ser asesino me da tal vez un motivo, o “móvil” como se acostumbra decir en la jerga que engalardona a los que dedican su vida a tan innoble trabajo como lo es la resolución de crímenes.
Lo cierto es que la estupidez de mi amigo fue consagrada con una muerte digna del más estúpido de los animales que jamás haya nacido, y por lo comentado adivinarán que el gordo era digno de una muerte así.
Nadie que lo conociera tanto o mejor que yo dudaría de lo factible de esta muerte y alguien que conociera mi temperamento no se sorprendería por mi accionar en las horas sucesivas al hecho. Me dirigí hacia mi casa, me acicalé y fui a pie hasta el domicilio donde estaban alojados el gordo y algunos amigos compartidos. Les narré lo ocurrido y les pedí se encargaran de los avisos que correspondieran y les sugerí hicieran lo que estimasen necesario. No atendí a comentarios y me retiré no sin anunciarles, que no contaran con mi ayuda ya que estaba ocupado.